Más allá del horizonte

Tierra de Hombres (1939)

“Cada uno de nosotros ha conocido las alegrías más cálidas, allí donde nada las prometería…” Antoine de Saint-Exupéry.

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En su búsqueda incansable por explorar nuevos horizontes, Antoine de Saint-Exupéry encontró en el camino algo más valioso que el destino: a sí mismo. Cada recorrido por la infinidad del cielo, a bordo de ese “instrumento de análisis” que lo hacía descubrir el verdadero rostro de la tierra, y su paso por el desierto, al que aprendió a amar a pesar de todo, fueron la excusa perfecta para perderse y reencontrarse. “Todo es, como se sabe, paradójico en el hombre… ¿qué sabemos nosotros, sino que hay condiciones desconocidas que nos fertilizan?”.

Tras sufrir un accidente aéreo en su ruta de Nueva York a Cabo de Hornos en 1938, se inspiraría a escribir durante su convalecencia Tierra de Hombres, una de sus grandes obras literarias.

En este libro, publicado en 1939 y dedicado a su gran amigo Henri Guillaumet, plasma sus recuerdos y reflexiones de sus travesías como piloto por África y Sudamérica a través de diversos capítulos en los que imprime una profunda filosofía sobre la vida y los hombres.

Saint-Exupéry envuelve al lector en una atmósfera de la que es difícil escapar. Lo atrapa sutilmente en cada línea al revivir a detalle aquellas emociones y pensamientos que lo asaltaban, expresados con un lenguaje afable que revela lo más recóndito de su ser.

El estilo de su narrativa induce a una constante reflexión, rescata momentos fugaces y les da un profundo sentido. Suele darles su propia voz a aquellos personajes que lo marcaron en esa etapa de su vida.

Junto al mecánico André Prévot, Saint-Exupéry sufrió un accidente –de esos que no son casualidad- que lo llevó a perderse en el Sahara. Poco, de su experiencia en las arenas, lo había preparado para lo que vendría.

Tenía tres años de conocer el desierto. De enamorarse de sus misterios. Pero nunca había llegado a su corazón. “Si él no es al principio más que vacío y silencio, es porque no se brinda a los amantes de un día”. Una vez ahí, lo llevó a sobrepasar los límites de la razón y su frágil condición humana.

La crónica de su odisea, que narra con tal vehemencia que provoca una montaña rusa de emociones, es el punto culminante de la obra, donde todo converge, y pone a prueba su filosofía.

Intentar conquistar la tierra tiene su precio. Es una hazaña en la que sólo salen victoriosos quienes aprenden a conquistar sus miedos y las vicisitudes de la vida. Así, Saint-Exupéry aprendió a ser uno con el desierto. “Es en nosotros donde el Sahara se muestra… Era lo que nacía en nosotros. Lo que aprendíamos sobre nosotros mismos”.

Ciertamente habrá viajes que despertarán nuestros instintos más reprimidos, pero ¿qué pasa cuando hay que enfrentar al yo más primitivo? ¿No es nuestra verdadera esencia como seres humanos la que nos hace realizarnos?

Como viajeros empedernidos nos entregamos a lo desconocido como un aliciente para saciar nuestra sed de aventura. La inquietud, inherente al nómada, es el motor que nos hace recorrer el mundo sin mirar atrás, buscando ir más allá del horizonte. “Y no se trata de vivir en peligro. Esa fórmula es pretenciosa. No es el peligro lo que amo. Yo sé lo que amo. Es la vida”.

Paradójicamente, después de pasar tres días perdido agonizando por el vital líquido, el escritor encontraría en el agua, años más tarde, su lecho de muerte. Durante una misión de reconocimiento al sur de Francia, en 1944, el avión que piloteaba desapareció. Se cree que fue derribado.

“No lamento nada. He jugado, he perdido. Estaba en el orden de mi oficio. Pero, al menos, he respirado el viento del mar”. Así se entregaba aquella vez al desierto, en sus horas más débiles, y quizás así, se entregó al mar, en paz. Esa virtud que se considera la suprema conquista. Y una vez más, emprendió una nueva travesía hacia un rumbo desconocido.

El viaje se vuelve inmortal cuando se logra revivir en otro ser ajeno a esa experiencia. Ésa podría ser la finalidad de todo gran libro: llevar de viaje al lector por lugares que tal vez sólo existirían de ese modo en la memoria del autor.

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